23 mayo

Ráfagas de Tiempo


 Ráfagas de tiempo


Ahora no sé quién soy.

A veces me desnudo y me convierto

en encaje deshilado

que desabrocha, entre dedos ateridos,

el breve espacio que apuramos

y lo engarza con silencios aislados.

A veces no sé quién soy

o quién he sido.

Hay instantes en que siento disiparme

mientras otra mujer toma mi espacio

y se pone al acecho;

se me hace ajena toda vida

y mi memoria palidece.

En el breve tiempo que apuramos

se abre una línea sutil donde la otra,

que soy yo misma,

cose con alambre los botones de su pecho

para soñar con arboledas blancas,

ansiosa por robarte, sin saberte, aquel beso.

Derramo por el campo espesos helechos

que dejaron la boca seca,

y el nudo del cuello

vuelto amarra de seda que no acaba,

que se tensa en la piel

y escupe los ponzoñosos recuerdos.

Ahora no sé quién soy,

si en un instante se evaporan horas

mientras aguardo el zarpazo

para alimentar mi ira,

donde tanto te detesto por hurtarme

ese rasgo vital de humanidad

que solo roba el ansioso o el hambriento.

Los monstruos son elocuentes,

han habitado su imagen bendecida.

Ahora, cuando de nuevo me miro

en mi pequeño y hermoso jardín,

a pesar de todo,

a pesar de ti,

a pesar de que a veces no sepa quién soy,

encuentro el refugio en la raíz más blanca,

donde al fin aprendo a enterrar

todos los demonios del destierro.


 /AnA GaLinDo/


FoTograFía de Kirsty Mitchel


3 comentarios:

Antorelo dijo...

No es fácil saber quiénes somos. Un placer leer tus versos, como siempre.
saludos

Mª Teresa Martín González dijo...

Un verdadero placer recrear en mi mente tu poema.
Un saludo.

Anónimo dijo...

Querida Ana. Pasas del nudo en la garganta al refugio de la raíz.
La fuerza de este poema reside en la voz poética que no solo dice que se siente perdida, sino que nos muestra a «la otra» cosiéndose la piel con alambres o acechando en la sombra. Hay una evolución visual del poema que es fascinante. Comienza con texturas frágiles como el encaje deshilado, pasa por la aspereza de los helechos y el nudo en el cuello, y acaba en la calma de la raíz más blanca dentro de ese jardín personal como la propia tierra que nos sostiene.
Es un poema con mucha fuerza, querida Anita.

Beatriz