Bajo esa misma urgencia por imitar sus costumbres, reunió fotografías para componer collages, superpuso melodías a un escenario sumido en la tristeza y vistió una tela descolorida con los restos de una vieja ilusión.
El plagio iba más lejos. Nació así una vida inventada, trazada con lentitud sobre el papel, en la que dio nombre a sus protagonistas y los hizo habitar un espacio donde el tiempo parecía disolverse en agua estancada.
Nombró los rincones, las grietas del yeso y hasta el crujir de la madera para convencerse de que aquel mundo era real. Cada palabra escrita era un intento desesperado de devolverle el color a la memoria, una maniobra de orfebrería para atrapar un eco que ya no le pertenecía.
Pero la vida inventada, por perfecta que resultase sobre el papel, conservaba siempre un rastro impasible de plástico y flores sin raíz.
Fue al mirarse en el espejo con sus ropas azules cuando la verdad se le puso de frente: por más que copiara los gestos y la luz, la única presencia que habitaba la estancia seguía siendo la de ella.
/AnA GaLinDo/








