
Una mañana salió a comprar unas piedras azules para hacerle un collar. Pasó todo el día engarzándolas con esmero y, al caer la noche, durante su paseo por la playa, se lo colocó en el cuello.
—Estas piedras se iluminan con la luna, como tu alma —le susurró él al oído mientras se lo abrochaba delicadamente en la nuca.
Ella guardó silencio, sintiendo el cálido roce de los cristales azulados sobre su piel.
Pero todo aquello quedó atrás hacía mucho tiempo. El declive llegó despacio, como llegan siempre estas cosas: pasaron de la dicha que no necesitaba palabras a los silencios dolorosos tras disputas amargas. El tiempo transcurrió enmudecido mientras los veía alejarse, tan distantes como ya ausente era su amor.
En esos momentos lo quería más, porque él veneraba compartir su sosiego..
Aquella tarde ella añoraba las caminatas por la orilla al terminar la jornada. Extrañaba la compañía —que no su persona— y esa conexión que los mantenía unidos en el silencio.
Fue una noche de luna llena, de un brillo naranja intenso, cuando sintió la necesidad de colocarse el collar y caminar por el mar. A medida que avanzaba sentía más física su presencia. Tuvo que mirar a su alrededor para tomar conciencia de su absoluta soledad.
A medida que avanzaba, la presencia de él se hacía casi física. Su mente tuvo que recordar que él se encontraba ya a cientos de kilómetros, donde ni existía la playa, ni los pasos se hundían en la arena.. Tuvo que mirar a su alrededor para tomar conciencia de su absoluta soledad.
Entonces sonó el teléfono.
—No pensarás que esta vez te iba a dejar caminar sola por la orilla —dijo la voz al otro lado—. Yo también vi la luna y salí a pasear por calles desiertas, imaginando que seguía los surcos de tus pies en la arena.
/AnA GaLinDo/
Estancia: Umbrales y Ventanas
Ilustración SanDra FloOd

