«A finales de octubre, cuando llegue el otoño, plantaremos un árbol sobre su loma».
Eso me dijo mi padre cuando le pregunté para qué había hecho aquel montículo de tierra sobre la parcela que se divisaba frente a la ventana de nuestro salón.
Era una colina sin hierba, a donde corría a esconderme si aumentaban los gritos.
Lo comprendí todo cuando, al cumplir ocho años, me subí a aquel árbol aislado para escapar del silbo del cinturón que laceraba mi espalda.
Su tronco cedió, y sus ramas me escondieron, meciéndome. Delicadamente, sus áridas hojas me llenaron de suaves caricias; las mismas que no recibía desde que mi madre, a principios de un otoño lejano, nos abandonó.
/AnA GaLinDo/
Estancia: Umbrales y Ventanas

Agatha Katzensprung
