Un día, una caracola de nácar herido emergió de las mareas. Había extraviado el antiguo oleaje de su memoria y su concavidad no encontraba la melodía del canto de la espuma del mar. Dispuesta a recuperar su eco perdido, se arriesgó a encontrarlo en la orilla.
Bajo la luz dorada de la tarde, se cruzó con una tortuga milenaria que llevaba el tiempo dibujado en el caparazón. La caracola se detuvo ante ella y, con voz de costa lejana, le preguntó:
—Amiga tortuga, ¿no has visto una melodía vagando por la playa? ¿Un eco afónico que busque dónde vibrar?
La tortuga entornó sus ojos pesados y respondió:
—Hace muchas mareas escuché un rumor que hilaba la brisa. Llegaba de puntillas a mi oído, pero mis sentidos son de tierra y piedra y no lo logré descifrar. Mis pasos lentos no alcanzan el acorde de tu música.
La caracola continuó hacia los peñascos. Allí, aferrado a la roca húmeda, encontró a un erizo esculpido en espinas y le preguntó:
—Amigo erizo, ¿no has visto un chispazo de música flotando sobre la marea?
El erizo no se movió, pero sus púas vibraron como las cuerdas de un instrumento mudo:
—Aquí abajo el mundo es de sombra y sal, pero mis ojos apuntan hacia arriba. En las noches de azul agitado, he visto ese chispazo entre las constelaciones. Brilla libre y lejano, pero mis raíces son de roca y jamás lo podría alcanzar.
Con un roce de añoranza, la caracola arrastró su silueta hasta una estrella de mar que parecía un reflejo caído del firmamento. Con el pulso cansado, le preguntó:
—Amiga estrella, ¿has visto una melodía viajar sin rumbo sobre el agua?
La estrella de mar extendió sus puntas sobre el lienzo húmedo de la arena y respondió:
—Sí, en los atardeceres se trenza con el canto eléctrico de las cigarras. Pero mi naturaleza es muda; estoy hecha de quietud. No tengo voz para llamarla, ni viento con el que retenerla.
Decepcionada, la caracola regresó al agua. Al sumergirse en el oleaje, sintió la marea recorrer su vientre y el agua encendió un sonido en los pliegues de su geometría.
Entonces lo comprendió todo: la melodía que buscaba por la arena no habitaba en las voces ajenas, sino en el vacío de su recámara oculta, aguardando a que el mar la hiciera vibrar.
Dicen que cuando los marineros navegan muy lejos de la playa, se detienen para escuchar el canto de la caracola: una tonada antigua, un suspiro de sal que, con el susurrar del viento como melodía, hace que a lo lejos se escuche el nombre de una mujer.
Y ese canto navega por los mares, para siempre, encantando a quien lo escucha.
/AnA GaLinDo/