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13 octubre

La gotita que miraba a la luna




Había una vez una gota de agua que se pasaba las noches enteras mirando a la luna desde su blanca almohada. Soñaba convertirse en cálido aire y elevarse, cual mariposa noctámbula.

Suspiraba cada día de lluvia y, escondida entre las nubes, admiraba su luz plateada.

—¡Ay, gotita de agua que sueñas conmigo! —le dijo la luna—. 

No quieras convertirte en escarcha.

Mira que hace frío ahí afuera, que la noche es oscura,

que los vientos soplan hacia otros destinos;

que aquí se puede secar tu cristalina mirada.


No sueñes conmigo, mi niña, y mira serena hacia abajo,

donde me reflejo en los cristales del río al alba.


Deja que el aire envuelva tu risa,

que apagues las chispas de ardientes montañas.


Cae despacio, convertida en cortina

de seda verde y paño blanco.


Cubre de vida las piedras resecas,

riega con calma los sedientos campos.


Entonces la gota miró hacia abajo 

y descubrió el mar azul y una playa dorada.



Sentada en la orilla vio a una mujer solitaria.

¡En ese momento supo cuál era su destino!,

hacia dónde posar sus húmedas alas.


Descendió despacio

hasta la luz de sus ojos,

y para lavar sus penas

se convirtió

en su lágrima.

/AnA GaLinDo/

Estancia: Voces de la lluvia


Ilustración: Arte digital
 
Cuento Infantil
 
 

  

31 julio

Suspiro de sal. Cuento infantil.



Un día, una caracola de nácar herido emergió de las mareas. Había extraviado el antiguo oleaje de su memoria y su concavidad no encontraba la melodía del canto de la espuma del mar. Dispuesta a recuperar su eco perdido, se arriesgó a encontrarlo en la orilla.

Bajo la luz dorada de la tarde, se cruzó con una tortuga milenaria que llevaba el tiempo dibujado en el caparazón. La caracola se detuvo ante ella y, con voz de costa lejana, le preguntó:

—Amiga tortuga, ¿no has visto una melodía vagando por la playa? ¿Un eco afónico que busque dónde vibrar?

La tortuga entornó sus ojos pesados y respondió:

—Hace muchas mareas escuché un rumor que hilaba la brisa. Llegaba de puntillas a mi oído, pero mis sentidos son de tierra y piedra y no lo logré descifrar. Mis pasos lentos no alcanzan el acorde de tu música.

La caracola continuó hacia los peñascos. Allí, aferrado a la roca húmeda, encontró a un erizo esculpido en espinas y le preguntó:

—Amigo erizo, ¿no has visto un chispazo de música flotando sobre la marea?

El erizo no se movió, pero sus púas vibraron como las cuerdas de un instrumento mudo:

—Aquí abajo el mundo es de sombra y sal, pero mis ojos apuntan hacia arriba. En las noches de azul agitado, he visto ese chispazo entre las constelaciones. Brilla libre y lejano, pero mis raíces son de roca y jamás lo podría alcanzar.

Con un roce de añoranza, la caracola arrastró su silueta hasta una estrella de mar que parecía un reflejo caído del firmamento. Con el pulso cansado, le preguntó:

—Amiga estrella, ¿has visto una melodía viajar sin rumbo sobre el agua?

La estrella de mar extendió sus puntas sobre el lienzo húmedo de la arena y respondió:

—Sí, en los atardeceres se trenza con el canto eléctrico de las cigarras. Pero mi naturaleza es muda; estoy hecha de quietud. No tengo voz para llamarla, ni viento con el que retenerla.

Decepcionada, la caracola regresó al agua. Al sumergirse en el oleaje, sintió la marea recorrer su vientre y el agua encendió un sonido en los pliegues de su geometría.

Entonces lo comprendió todo: la melodía que buscaba por la arena no habitaba en las voces ajenas, sino en el vacío de su recámara oculta, aguardando a que el mar la hiciera vibrar.

Dicen que cuando los marineros navegan muy lejos de la playa, se detienen para escuchar el canto de la caracola: una tonada antigua, un suspiro de sal que, con el susurrar del viento como melodía, hace que a lo lejos se escuche el nombre de una mujer.

Y ese canto navega por los mares, para siempre, encantando a quien lo escucha.

 /AnA GaLinDo/



Ilustración:Frank Moth.