Había una vez una gota de agua que se pasaba las noches enteras mirando a la luna desde su blanca almohada. Soñaba convertirse en cálido aire y elevarse, cual mariposa noctámbula.
Suspiraba cada día de lluvia y, escondida entre las nubes, admiraba su luz plateada.
—¡Ay, gotita de agua que sueñas conmigo! —le dijo la luna—.
No quieras convertirte en escarcha.
Mira que hace frío ahí afuera, que la noche es oscura,
que los vientos soplan hacia otros destinos;
que aquí se puede secar tu cristalina mirada.
No sueñes conmigo, mi niña, y mira serena hacia abajo,
donde me reflejo en los cristales del río al alba.
Deja que el aire envuelva tu risa,
que apagues las chispas de ardientes montañas.
Cae despacio, convertida en cortina
de seda verde y paño blanco.
Cubre de vida las piedras resecas,
riega con calma los sedientos campos.
Entonces la gota miró hacia abajo
y descubrió el mar azul y una playa dorada.
/AnA GaLinDo/




1 comentario:
Análisis literario:
Cuento poético con un desenlace cargado de belleza terapéutica y conmovedora. La gota de lluvia descubre que su verdadera misión no era flotar lejana en el cielo ni perderse en la inmensidad del mar.
El giro final que convierte el ciclo del agua en una metáfora del consuelo humano es sencillamente brillante.
Transformar la gota que soñaba con la luna en una lágrima capaz de 'lavar las penas' de una mujer solitaria otorga a la composición una ternura y un calado simbólico fuera de lo común.
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