
Hace algún tiempo decidí buscar un modo de detener el tiempo y acercarme a la esencia de mi amor. Me acerqué a la orilla y pedí una eternidad sin distancia, un espacio donde el desamparo y el dolor perdieran su nombre.
Me dictaron entonces una fórmula secreta, accesible solo para quienes comprenden que no existe otro conjuro más eficaz que el amor mismo.

Desenrollar el metro de seda roja
solo para rozar las manos
y confundir su latido con la piel.
Guardar su imagen en el pliegue
para retener la luz del instante.
Deshojar seis rosas al viento
hasta que el cuarto sea un páramo de pétalos.
Dejar correr el aroma de la fragancia
que se entibia al contacto con el cuerpo.
Y en el frasco de cristal terso,
guardar únicamente los besos:
los que se negaron al olvido
y los que aún deben nacer.
Y así, sin más sortilegios,
suspender la intemperie,
disolver con fuego las sombras.
/AnA GaLinDo/
