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01 julio

Adela y la estructura del autoengaño

Adela se valoraba a sí misma como una psicóloga estructuralista de sólidos principios. Se afanaba por desentrañar la influencia de las imágenes, las emociones y las sensaciones en la conducta humana, y se sentía muy segura analizando los desaciertos ajenos. 

Habiendo sufrido malos tratos en su matrimonio, fue abandonada por una sucesión de amantes esporádicos de los que se enamoraba perdidamente. Continuamente se autoanalizaba y concluía que los demás estaban desequilibrados, siendo su obligación ayudarlos.

Vivía rodeada de gatos y trabajaba en la cantina de un antiguo amor, del que se enamoraba y desenamoraba cíclicamente. Entonces realizaba una introspección entrenada y se justificaba por encontrarse —decía— en el contexto de una situación experimental. 

Escribía poemas en secreto para él y lo acompañaba en el baile cuando los clientes ya se iban retirando. 

Adela soñaba con una vida en común donde los debates sobre la conciencia y el estructuralismo formaran parte de un sofisticado juego seductor, en el que su escaso atractivo físico quedara solapado por su «elevada» inteligencia. 

Organizaba charlas con sus examantes y los amigos tarambanas de estos, quienes se prestaban a beber gratis y a bailar con las chicas más volubles de la cantina.

Entonces ocurrió la hecatombe: él le presentó a su novia, una inculta niña de cándida mirada, llena de traumas infantiles, que al mirarla a los ojos, suspirando desganada, resopló:

—¡Señora, qué desgraciada debe ser usted!

 /AnA GaLinDo/

Estancia: Instantes Contados


Ilustración: Viona Ielegems