¡Qué
bien, amor, qué bien!
Todas
las cascadas
que
aprendieron las estrellas a derramar sobre los tilos
vierten
ahora cada mañana su impetuoso suspiro
en las
blancas paredes que derriban rutinas,
para
dejar la casa sembrada de olores
y mi
boca sedosa, abrazando el alivio.
¡Qué
bien, amor, qué noches y qué días más dulces!
La noche,
que hermosa nos mira desde su espejo insolente,
aquí
bajo este cielo
que parecía olvidado.
Mi espalda jugando con tus dedos,
en ese instante ambarino que nace en tus ojos,
y se escapa en el momento exacto
en que arrancan
su vuelo.
[Tus manos, codiciados arcanos]
[El tiempo, enojado secreto]
Ahora sólo importa eso.
Esta plaza,
estos árboles.
La brisa llevándose una pluma
blanca.
/AnA GalinDo/

1 comentario:
Que precioso. Sobre todo me ha gustado al principio: "Todas las cascadas que aprendieron las estrellas...rutinas,"
Como siempre, tus poemas son maravillosos.
Un saludo.
Publicar un comentario