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26 enero

La Acera de nadie



La Acera de Nadie 

La Casa de la Lluvia


Me fui acomodando con la vida
porque me fue gustando.

Ya es un hecho.


Me enamoré despacio de sus trampas,

de las tardes por calles encaladas,

blancas con el reflejo dorado,

de los paseos y cuadernos donde escribimos

a la par y sin prisa.


Me fui enredando en mañanas de letras,

en despertar sin prisa, tomar un café,

partir el pan al centro de la mesa

y apurar una copa de vino.

Ligarme y desligarme de los sueños,
buscar juntas la antigua utopía,
encender la emoción,
latir sin dar tregua al desvarío
para ponerme del lado del trueno
en la acera de nadie.
Lo confieso.


Me fui acomodando a esta tarde de mi vida
porque desde este vértice veo mejor.

Aquí no habita el frío,
ni la escarcha ni la desidia.
Solo hojas frescas que se mecen
en una atmósfera limpia,
y ya no quieren volar.

Ahora sé que no vivo
con un tiempo prestado.
Ahora sé que habito, por fin, en mi casa.

Este poema nace inspirado en mi propia Casa de la Lluvia—la que sostienen mis pasos, mis libros y mis días—, ese refugio de paredes claras y tiempo sereno donde aprendí a habitar la vida sin prisa.
Este poema es una confesión de gratitud. Es el homenaje a las cuatro paredes donde la intemperie se disuelve y la vida deja de ser un tiempo prestado para convertirse en pura pertenencia. 


 /AnA GaLinDo/

Estancia:  Poesía del Sosiego

Ilustración: Catrin Welz-Stein