Ojos Tristes
Era una familia de ojos tristes. Los del padre, los de la madre y los del hijo. Resultaba curioso oír cómo aparecía y desaparecía su canto de sirena entre las nubes. Yo escuchaba, adormecida en la otra orilla, observando de lejos su melancólico y aciago batir de pestañas.
Sentía una curiosidad extraña, movida por un sentimiento de culpa que a veces me rondaba el estómago ante tanta tristeza en las pupilas del padre y tanta ausencia en las de la madre. Envejecidos por la rutina, y agotados aun siendo jóvenes, intentaban despertar cierta envidia en la mirada apenada con la que los demás los observábamos.
El espacio verdoso que los rodeaba reflejaba en sus pupilas una tonalidad misteriosa cuyos matices no se correspondían con el amor. Lejanas melodías les servían de eco, haciendo que nuestros oídos fueran presos de un imán poderoso que nos obligaba a girar la cabeza ante sus estridentes murmullos. Casi se podía apresar el sonido de los gritos que sus ojos tristes emitían para intentar inflar de felicidad aquella mentira que apenas les daba calor.
De manera repentina, el cielo se convirtió en antorcha, como si millones de llamaradas se unieran para cubrirlo. El fuego se fue transformando en un humo denso que dejó una silueta en el centro: la figura de un hombre.
Aquel día, el hombre de ojos nostálgicos que tenía una mujer de ojos pesarosos, se incineró en su propia mentira cuando ella, harta de sus continuas infidelidades, le cauterizó el bajo vientre con la plancha de la ropa.
Mientras él aullaba entre la carne chamuscada: «Solo fue mero sexo».
/AnA GaLinDo/
Estancia: Instantes Contados
Ilustración de Christer Strömholm