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23 enero

Territorio de Intrusos



Antes de vestirse con sus mejores galas y dar génesis a sus hábitos impecables, se despojaba de toda hipocresía civilizada: esa misma piel que camuflaba a la criatura salvaje que rebrotaba al sentirse a salvo, sin miradas.

O cuando la noche, ajena a intenciones sublimes, la desvestía de cualquier mimetismo que intentara ordenar el caos de la perfección.


Entonces, las afiladas cuchillas que brotaban en la palidez de sus dedos se clavaban en el asfalto candente, buscando apropiarse de las blancas intenciones que un día ella misma cultivó con honor.

Territorios quemados, abiertos en un microuniverso oscuro, infecto y plagado de estrellas de neón.

Probablemente, a la mañana siguiente, de nuevo solapada, tendría que contar muchas cosas y se repetiría ante el espejo: «Qué pena de oportunidades valiosas. Yo no soy así».




/AnA GaLinDo/ 

Estancia: Instantes Contados

26 enero

La Acera de nadie



La Acera de Nadie 

La Casa de la Lluvia


Me fui acomodando con la vida
porque me fue gustando.

Ya es un hecho.


Me enamoré despacio de sus trampas,

de las tardes por calles encaladas,

blancas con el reflejo dorado,

de los paseos y cuadernos donde escribimos

a la par y sin prisa.


Me fui enredando en mañanas de letras,

en despertar sin prisa, tomar un café,

partir el pan al centro de la mesa

y apurar una copa de vino.

Ligarme y desligarme de los sueños,
buscar juntas la antigua utopía,
encender la emoción,
latir sin dar tregua al desvarío
para ponerme del lado del trueno
en la acera de nadie.
Lo confieso.


Me fui acomodando a esta tarde de mi vida
porque desde este vértice veo mejor.

Aquí no habita el frío,
ni la escarcha ni la desidia.
Solo hojas frescas que se mecen
en una atmósfera limpia,
y ya no quieren volar.

Ahora sé que no vivo
con un tiempo prestado.
Ahora sé que habito, por fin, en mi casa.

Este poema nace inspirado en mi propia Casa de la Lluvia—la que sostienen mis pasos, mis libros y mis días—, ese refugio de paredes claras y tiempo sereno donde aprendí a habitar la vida sin prisa.
Este poema es una confesión de gratitud. Es el homenaje a las cuatro paredes donde la intemperie se disuelve y la vida deja de ser un tiempo prestado para convertirse en pura pertenencia. 


 /AnA GaLinDo/

Estancia:  Poesía del Sosiego

Ilustración: Catrin Welz-Stein






23 junio

Ojos TrisTes



Ojos Tristes

Era una familia de ojos tristes. Los del padre, los de la madre y los del hijo. Resultaba curioso oír cómo aparecía y desaparecía su canto de sirena entre las nubes. Yo escuchaba, adormecida en la otra orilla, observando de lejos su melancólico y aciago batir de pestañas.

Sentía una curiosidad extraña, movida por un sentimiento de culpa que a veces me rondaba el estómago ante tanta tristeza en las pupilas del padre y tanta ausencia en las de la madre. Envejecidos por la rutina, y agotados aun siendo jóvenes, intentaban despertar cierta envidia en la mirada apenada con la que los demás los observábamos.

El espacio verdoso que los rodeaba reflejaba en sus pupilas una tonalidad misteriosa cuyos matices no se correspondían con el amor. Lejanas melodías les servían de eco, haciendo que nuestros oídos fueran presos de un imán poderoso que nos obligaba a girar la cabeza ante sus estridentes murmullos. Casi se podía apresar el sonido de los gritos que sus ojos tristes emitían para intentar inflar de felicidad aquella mentira que apenas les daba calor.

De manera repentina, el cielo se convirtió en antorcha, como si millones de llamaradas se unieran para cubrirlo. El fuego se fue transformando en un humo denso que dejó una silueta en el centro: la figura de un hombre. 

Aquel día, el hombre de ojos nostálgicos que tenía una mujer de ojos pesarosos, se incineró en su propia mentira cuando ella, harta de sus continuas infidelidades, le cauterizó el bajo vientre con la plancha de la ropa. 

Mientras él aullaba entre la carne chamuscada: «Solo fue mero sexo».

 /AnA GaLinDo/

Estancia:  Instantes Contados


Ilustración de Christer Strömholm