29 septiembre

Las esquinas del aire. Historia de una escritora


El hierro de los barrotes nunca fue tan frío como el de aquella noche de cocina, cuando el peso de tres décadas se concentró en la punta de un cuchillo. Paula recordaba el silencio posterior, la quietud de la estancia y aquellas pupilas abiertas que, por primera vez, no dictaban terror, sino sorpresa.

En el centro de la habitación quedaba el vestigio de un largo invierno. No hubo pulso acelerado ni temblores en su voz ante aquellos uniformes. Cuando  la policía irrumpió desde el pasillo, Paula sostuvo la mirada con una neutralidad tan áspera que rozaba la piedra. La verdadera condena había expirado antes de que llegaran las sirenas.

Un año después, la luz entraba de otro modo por la hendidura del muro. Lejos de la estrechez de otro tiempo, la piel de Paula había cobrado el tono sereno de las cosas que reposan al sol. En esa reclusión pactada con el destino, el espacio se había vuelto paradójicamente vasto. En aquel lugar de horarios, rejas y puertas cerradas, había descubierto una extraña forma de libertad: nadie podía exigirle que tuviera miedo. Sus manos, antes confinadas al dolor, sostenían ahora el peso de una pequeña comunidad de mujeres que acudían a ella en busca de consejo.

El taller de informática de las tardes se convirtió en su verdadero territorio. Comenzó ensayando algunos poemas para volcar después, frente al parpadeo monótono de la pantalla, una prosa precisa sobre la violencia que habita en las casas tranquilas. Sus relatos comenzaron a circular por la red, desatando la conmoción de miles de lectores que buscaban en sus palabras una suerte de espejo. Hablaban de mujeres, de silencios, de hogares donde el miedo aprendía a confundirse con la costumbre. Y Paula respondía a cada mensaje con serenidad, tras haber aprendido a transformar el daño en literatura.

Sin embargo, lo que nadie al otro lado de las pantallas sospechaba —ni las internas que compartían su mesa, ni los guardias que vigilaban los pasillos— era el verdadero contenido del cuaderno que guardaba bien oculto bajo el colchón. No había en él poesía ni arrepentimiento, sino una lista minuciosa con los nombres, los turnos, las costumbres y los descuidos de quienes custodiaban la salida, completada con las notas que sus lectoras le hacían llegar desde el exterior.

Aquella noche cerró el cuaderno y miró el reloj de pared. Faltaban exactamente siete minutos para el cambio de turno.

 /AnA GaLinDo/

Estancia: Instantes contados.


Ilustración: Flóra Borsi

11 comentarios:

Juan Gerardo dijo...

Anita, veo con agrado que sigues explorando nuevos caminos en la literatura y ampliando los temas que abordas. Dejas a un lado las metáforas para entrar a terrenos reales, duros pero interesantes.

Te felicito por esta nueva experiencia a la que me has llevado de la mano. Vale decir que lo he leído tres ocasiones y siempre lo disfruto. Excelente texto y extraordinaria narrativa la que tienes. ¡Felicidades!

MIMOSA dijo...

Créeme cuando te digo que la comprendo perfectamente, quizás algún día, hablemos de ello.
En su día, escribí en mi blog, mi forma de cortar con esa cadena, tras tantos años,si quieres leerla es la entrada llamada TORMENTO, quizá así me entiendas.
Besos amiga.

Shuare dijo...

Un relato conmovedor...
Me ha gustado mucho.

Un beso.

Shuare dijo...

Hola Ana, este es el premio... espero que te llegue. Siento haber tardado tanto en contestarte.

Te dejo la url de la imagen:
http://4.bp.blogspot.com/_iNCG1aR4ywM/TCiWizgWRQI/AAAAAAAAAeY/C1kmso79Clo/s200/icono+itachi.jpg

Besos!

Pluma Roja dijo...

Tardó mucho ya no solo en matarlo, sino en tomar una decisión de liberarse. Buen relato.

Saludos cordiales, Hasta pronto Ana.

José Ramón dijo...

Ana es muy triste que en el mundo haya muchas mujeres pasando por esta clase de calvarios
o peores.

Desde Creatividad e imaginación fotos de José Ramón
Saludos

Ana Galindo dijo...

No cabe duda, pero aún así lo quiero dejar constar, de que estoy completamente en contra de la violencia de género, y por supuesto de los malos tratos en cualquiera de sus formas o víctimas, ya sean mujeres, niños, ancianos u hombres. Basta ya de tantas muertes fruto del no diálogo y de la crueldad.
Pero esta historia trata de tranmitir una parte de mí que necesita ser explorada, y es la de contar "otras" historias, desde otros puntos de vista. Nada apoyo y nada defiendo en este caso. Lo dejo ahí. Para mí Paula pudiera ser una heroína y para otros una villana. El caso es que me sirve para el análisis de situaciones y la reflexión.

Gracias, como siempre, por vuestras palabras, y cómo no, por vuestro tiempo.

Un beso, Ana

Facu Herra dijo...

Muy buenoo! muy bien redactado, te felicito! t invito a pasarte por mi blog hace poco lo inicie! Saludos!!

Unknown dijo...

Hola Ana, es un relato movilizador de sentimientos para cualquier persona que hay sufrido maltrato.Puedo entender que las mujeres, y también los hombres que matan son "circunstancialmente" asesinos, tal como Paula,obligado por la situación. Besos me encantó el relato

TORO SALVAJE dijo...

La resurrección de Paula.
Estaba muerta y ahora vive.
Bien por ella.

Besos.

Tatiana Aguilera dijo...

Muy buen relato, creo que existen muchas Paulas en todo el mundo, si tardó demasiado o no en liberarse, si debió elegir otra forma, si es la buena o mala de la historia, esa es la reflexión que nos deja tu escrito a los lectores...Lo único que estoy cierta es que todos tenemos locura y razón, y sólo frente a situaciones límites sacamos nuestra verdadera identidad...
Un beso.