Se ha derramado el agua de los días,
queda toda la vida en el suelo del invierno.
Toca secarse las manos,
tiritar un instante
y medir con los ojos la escalera.
Un escalón.
La duda.
Y otro paso.
Afuera el tiempo es una niebla conocida:
el estrépito gris sobre los tejados,
rostros en penumbra que se cruzan sin verse,
el vapor del café que se disipa en la mesa
y la rutina que florece en la acera.
Esa vieja marea.
Pero siempre,
la realidad asesta un zarpazo.
Un grito vivo que rompe el silencio obstinado
que guardamos con miedo tras la ventana.
No basta con mirar:
hay que empujar sin piedad este marco de madera,
desnudar el rostro ante el viento
y dejar que nos queme la cara.
Desplegar las manos,
salir al abismo,
cruzar el umbral
y respirar...
Para empezar de nuevo.
/AnA GaLinDo/
Estancia: Umbrales y Ventanas

Ilustración: interior del Château de Carnelle
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1 comentario:
Me ha encantado tu blog
tu texto tiene el nombre de mi blog
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