Solo quedaba una isla
para recoger tantos anhelos.
Llegó la tarde con el pasaje
para el deseado velero:
¿una decisión precipitada
o un codiciado destierro?
Flaqueaban las fuerzas
para sujetar bien los remos
(corrían cristales en el aguay los peces saltaban al cielo).
El paisaje encendía tonalidades inéditas
y la arena, tan blanda,
sujetaba al viento.
En aquella isla perdida
las aguas fueron refugio
y los verdes revelaron misterios.
Dicen que al amanecer, ahora se escucha a lo lejos:
Haré para ti un jardín
de rosas y mimosas,
y salpicaré de violetas el sendero.
Me encontrarás en los ecos del agua:
estaré al final del camino,
tejiendo mareas,
sosteniendo silencios.
Tu piel, isla de arenas;
mi cuerpo, océano de desiertos.
Mi corazón yace anclado en arrecifes
y la noche me alcanza
hasta el fin de los tiempos.
Renacerás inocente otra vez:
porque has vivido desde la creación de los dioses
y sus lances en la orilla se hicieron eternos.
Al fin podré asimilarte
como un fruto maduro,
como piedra sobre una isla
que jamás ya se hunde,
creando un engranaje perfecto.

/AnA GaLinDo/
Estancia: Voces de la Lluvia



1 comentario:
¡Qué viaje tan fascinante hacia lo sagrado! La imagen de los peces saltando al cielo y la arena sujetando al viento te envuelve en una atmósfera de ensueño deslumbrante.
Felicidades Ana
Este poema evidencia un imaginario surrealista impecable: Las imágenes de los peces saltando al cielo, los cristales corriendo en el agua y la arena sujetando al viento nos dan un magnetismo magnético y mágico. Muy en tu línea, siempre.
Publicar un comentario