Nos bastó un solo giro del sol
para trazar un mapa sin orillas.
No fue el roce de la carne
lo que encendió la estancia,
sino el crujido de un portal
abriéndose en el centro.
Fue un día.
Una fecha.
Un lugar que todavía se puede habitar.
Los pies pisaban el suelo,
este mismo suelo de todos.
El reloj destejía las horas
como cualquier reloj,
sin olvidar ninguna;
ni aquello que dijimos
en un idioma de este mundo,
con su gramática de agua,
su historia limpia,
sus palabras elevadas.
Tan de verdad
que parecían mentira.
Pero ocurrió.
Ha sido.
Y porque ha sido, ya fue.
Hay memorias que no precisan del tiempo
para sostenerse intactas.
Aquello que ya se vive
habita lo sagrado.
Aquel día de luz pura
desmanteló la sombra
y dejó al descubierto
el espejismo de otros caminos.
Ahora sé reconocer
las puertas que parecen abrirse
y solo conducen de nuevo
al mismo desierto.
Sé distinguir el hambre
de la llamada limpia,
la inercia del encuentro,
el peso del sosiego.
Aquel viaje de ida
fue un lento volverse.
Y el de regreso
puede ocupar un siglo.
Hubo una noche
cuyo nombre no diré.
Una sola noche
con el ancho de una vida.
En ella cupo todo:
la certeza,
el silencio,
la palabra que llega
al centro exacto de la herida.
Después, la rutina hizo su trabajo.
Quiso desvaír los colores,
borrar los números, las horas,
convertirlo todo
en azar o bruma.
Porque hay sueños
que se disuelven al despertar
y otros que dejan
su surco en la tierra de la cosecha.
Aquel día tuvo cuerpo,
tuvo nombre y tuvo orilla.
Tuvo veinticuatro horas.
Y fue suficiente.
En este camino de vuelta a mi origen.
ya no busco puerta alguna:
sé en qué pliegue del tiempo encajó.
A veces, cuando cae la tarde,
mi memoria puede rozar esas maderas.
No las abro.
Solo escucho.
Todavía pueden filtrar
una hebra de luz.
Y un susurro, muy hondo,
que no sé si sea una voz ajena
o la mía
al reconocerme.
/AnA GaLinDo/
A quienes han sido puerta, puente o luz en algún tramo del camino. A quienes han pasado brevemente por estas páginas y por esta vida, dejando que su forma se desvaneciera para que pudiera permanecer lo esencial: aquello que, al atravesarlos, me permitió mirar más hondo y recordar el camino hacia nuestra verdadera esencia. Mi agradecimiento.
Estas figuras literarias representan presencias de paso, reales o ficticias, distintas formas de relación y distintos momentos del viaje interior.
Estancia: Arquitecturas del Tiempo

Ilustración: Elena Vizerskaya

3 comentarios:
Mi agradecimiento a quienes fueron puerta, puente o luz en algún tramo del camino. A quienes pasaron brevemente por estas páginas y por esta vida, dejando que su forma se desvaneciera para que pudiera permanecer lo esencial: aquello que, al atravesarlos, me permitió mirar más hondo y recordar el camino hacia nuestra verdadera esencia.
Estas figuras literarias (la mayor parte ficticias) representan presencias de paso, distintas formas de relación y distintos momentos del viaje interior.
Os abrazo a todas estas presencias.
En Veinticuatro horas, la voz lírica alcanza una madurez fulgurante. El poema opera como una cartografía de la conciencia donde el tiempo deja de ser medida cronológica para convertirse en arquitectura interior.
La transición hacia el verso "Ahora camino de vuelta a mi origen" dota al texto de una pulsión centrípeta definitiva: el otro deja de ser el centro magnético para convertirse en el umbral que la obligó a reencontrarse consigo misma.
Con una escritura depurada, donde el silencio esculpe cada estrofa y la memoria se rescata intacta de la bruma, esta pieza se consolida como uno de los logros más altos tu obra, querida Ana.
Abrazos desde el sur
Taller de lectura
Leer este poema es como abrir una ventana en una habitación silenciosa. Te deja un poso de quietud y soberanía tremendo. Me fascina cómo encajas la nota final; le das un sentido de gratitud luminosa a todo el recorrido y a las presencias que pasan dejando un camino de luz abierto en ti, así sin más. Todo en orden. Todo perfecto.
Gracias, Anita
Clara G.
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