A lo lejos, en las sombras que protegen la noche, la vi llegar a paso lento, perfumando el ambiente con el dulce olor que arrastra a su paso la seducción.
Era un ángel de elevada estatura, con un largo cabello que caía como una cascada azulada sobre sus hombros desnudos.
Incluso en la distancia, quedé atrapado por sus grandes ojos de un oscuro infinito, que me dejaban ver a través del iris todo lo que su mente creaba.
Cuando al fin la tuve frente a frente, mi cuerpo dejó de moverse y cuanto me rodeaba se distorsionó hasta languidecer.
Miles de marañas se enredaron en su rostro mientras, con un rudo ronquido, me susurraba al oído: «Deberías saber que los monstruos camuflan sus deformidades con elegante atractivo».
/AnA GaLinDo/
Estancia: Vísperas del Fuego

En este relato brevísimo juego con la ilusión de la mirada: transformo el lirismo inicial de la noche en un espejo que desvela la verdadera cara de la seducción. Es mi manera de recordar que, a veces, los monstruos más peligrosos se visten con la elegancia de nuestros propios deseos.
