La ninfa del agua esperaba impaciente el deseo de la desnuda muchacha que, tras arrojar su enconsertado traje de chaqueta a las aguas verdosas, solicitaba su ayuda a gritos.
-Quiero tiempo- dijo por fin la todavía joven abogada, con los ojos cansados y fijos en aquellas aguas verdosas—. Necesito más tiempo para vivir.
Entonces el vapor de las aguas la envolvió, y cuando la claridad borró las sombras, se observó convertida en una pequeña libélula, una de esas que apenas viven unas cuantas horas, y pensó que debía haber ocurrido un terrible error.
Pero al instante pudo apreciar que tenía unas delicadas alas para volar, casi transparentes y livianas. El cielo le pareció el más amplio y el más azul que pudiera recordar, y sintió que con sus diminutos ojos abarcaba todo el espacio hasta el horizonte. El aroma de las flores envolvía su cuerpo y sintió que la vida rebosaba plena, sin límites en su interior.
Pidió tiempo y comprendió que la ninfa había cumplido fielmente su encargo.

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