Pensé que una infusión caliente nos haría buena compañía mientras esperábamos a que amainase.
- Escuché que hay un nuevo tipo de té que se ha puesto de moda —alcé la voz, no por insistir, sino para imponerme al estruendo del agua. Luego, bajé de nuevo el tono—. ¿Le apetece que entremos?
-Vayamos—la chica asintió.
La joven caminó delante de mí y la seguí de cerca. Su brillante cabello mojado se vía muy hermoso bajo la luz tenue. Ahora llevaba el bolso de terciopelo colgado del hombro izquierdo. Nuestros pasos sonaban desacompasados al sortear los charcos, buscando las zonas más secas del asfalto.
Nuestros pasos sonaban desacompasados en el chapoteo de los charcos, sorteando oquedades y buscando un camino más seco que no se inundara. Caminó delante de mí y la seguí de cerca. Su cabello mojado brillaba bajo la luz tenue. Ahora llevaba el bolso de terciopelo colgado del hombro izquierdo.
Enseguida llegamos a la entrada. El edificio de la taberna quedaba resguardado entre dos construcciones el doble de altas. Al entrar, el tintineo de una campana anunció nuestra llegada.
Dentro, apenas unas pocas parejas conversaban en la penumbra. En sus rostros se intuía una extraña gratitud por la lluvia: tal vez, gracias a ella podían prolongar el tiempo junto a quien amaban.
Pedimos dos tazas de té inglés bien caliente para reconfortar el cuerpo destemplado. Al otro lado de la ventana, unas ramas azotaban los cristales ateridos; el viento parecía haberse unido a la danza de las gotas de lluvia que caían sin orden. La joven sorbió despacio. Sus manos, que antes temblaban de frío, recuperaron la calma y un tono rosado con el calor del barro.
- Oiga, ¿puedo saber su nombre, señor?— preguntó mientras inspeccionaba mi rostro aún húmedo.
-Mi nombre es Ada — dijo, tendiéndome la mano en señal de presentarse. Sus manos eran pequeñas, y su piel resultaba suave y cálida entre la mía.
Tras un largo paréntesis en el que ambos perdimos la mirada en la calle empapada, me aventuré a romper la distancia.
- Ahora recuerdo que dijo que la lluvia le parecía cruel... ¿Por qué es así? — la observé frente al ventanal, mientras mis ojos trataban de no separarse de los de ella.
- La lluvia una vez me quitó a alguien. Hace unos años, un hombre me dijo que yo era como la lluvia, que calmaba los ojos de cualquiera que me mirase. Realmente me encantaba la lluvia en ese momento.
Pero después de un tiempo de tormentas, se marchó. Tal vez encontró una lluvia más serena que la mía. Desde entonces, ya no me gusta la lluvia.
Apartó la cara de la ventana y luego me miró de frente.




1 comentario:
Esta segunda entrega es pura atmósfera. El refugio en la casa de té, las manos tibias sobre la taza y esa revelación final de Ada le dan una profundidad emocional conmovedora.
'Tal vez encontró una lluvia más serena que la mía' es una línea bellísima y desgarradora.
Seguimos esperando nuevas entregas. Gracias
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