Aquel vacío helado empezó a filtrar un hilo de luz. La opresión en el pecho se aplacaba con el roce de unas palabras que brotaban para despejar el abismo.
Me sorprendió comprobar que había pasado hora y media y la lluvia no amainaba.
Tal vez esta tarde el sol y el mar hubiesen acallado su fuerza a propósito, permitiendo que las nubes se cargaran de agua y se derramaran sobre la montaña solo para obligarnos a buscar juntos este refugio.
Volví a mirar a través de la ventana. Al otro lado de la calle distinguí la figura de un hombre joven sentado en el banco del parque donde yo solía esperar a Julia. Ada no desvió la mirada de aquella solitaria figura..
- Pobre hombre, Ada... Está empapado bajo la tormenta —comenté para sacarla de su abstracción.
- No. A lo mejor le gusta la lluvia. O tal vez está esperando a la persona que ama.
- ¿Quién estaría dispuesto a sentarse bajo un aguacero en un banco apenas cubierto? —pregunté, buscando la respuesta en algún gesto de sus ojos. Aún no hallaba el momento de hablarle de Julia; solo deseaba mirarla.
- Es posible... Yo era como él —murmuró—. Hubo un tiempo en que me sentaba durante horas solo a esperar. Ya se lo dije antes, ¿verdad? Hubo un tiempo en que me encantaba la lluvia.
Su respuesta me sacudió por dentro. Entendía bien esa entrega: estar dispuesto a regalar un tiempo valioso esperando a alguien que susurra palabras de amor en silencio, confiando que se dé por vencido y decida volver.
Pensé que Ada era una mujer extraordinaria. ¿Aún albergaría la ilusión de que regresara aquel que se marchó bajo el rocío?
- Hace tiempo que me rendí para seguir esperándolo —suspiró.
La invité a continuar con la mirada.
-Así es, Tomás —respondió, dejando en el aire una breve risa.
Al extinguirse la risa, la lluvia afuera comenzó a ceder hasta detenerse por completo en pocos segundos. Y sin embargo, sentí que me gustaba volver a ver caer las gotas sin esperarlas.
- Tomás, parece que escampa... ¿Me acompaña a la oficina de correos? —preguntó mientras se recogía el cabello, que empezaba a secarse.
- Claro, no tengo nada urgente que hacer —contesté, dando por concluida la pausa en la casa de té.
Pagamos la cuenta y salimos. Las pocas personas que quedaban dentro continuaban hablando entre risas de complicidad. Los envidié en silencio: hacía demasiado tiempo que yo no reía de esa manera.




1 comentario:
Tengo el corazón encogido con la historia de Tomás y Ada. Ese momento en que descubren que los dos se han cansado de esperar a quien no va a regresar me ha parecido profundamente humano.
'Tal vez encontró una lluvia más serena que la mía' me rompió por dentro.
Gracias por regalar este refugio escrito que demuestra que, tras la peor tormenta, siempre hay una tregua y un arcoíris esperando al final del camino.
¡Un abrazo enorme!
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