18 abril

Señales de Lluvia /IV/



/IV/

Caminamos el uno junto al otro. Estoy a la izquierda de Ada; su altura roza apenas mi hombro y nuestras ropas se secan al mismo compás.

A cada paso, los gorriones abandonan sus nidos celebrando la tregua del agua. Sin buscarlo, la conversación se posa en su vuelo.

- ¡Mira los pájaros, Tomás! Están felices de que la lluvia haya cesado. —La mano de Ada asciende hasta la altura de mis ojos señalando el cielo.

- Sí, Ada. El aire ha recogido la cortina de agua y al fin vuelan a su antojo. Ella retira la mano, fija la mirada en el vacío y pregunta de nuevo:

- ¿Habrán amado alguna vez la lluvia como nosotros?

Me pregunto qué abismo la habita.

- Quizá la extrañen en la sequía —respondo—. Todo lo vivo necesita la lluvia, Ada. Tal vez se parezcan a quienes solo buscan un refugio fugaz: en cuanto escampa, se alejan y la repudian. O tal vez a la persona que aún estamos esperando, que solo necesitaron un momento de lluvia.

- Cierto, Tomás. Quizás sea un querer pasajero, como quien mira de paso, sin desearla de verdad. Es como el amor del río a los campos sinceros.

Ada asiente en silencio.

- Casi llegamos a la oficina de correos. ¿Escribes a alguien?

- Cada fin de semana le envío una carta al mar. Sé que me me pueden creer loca, En ellas pido que me devuelva a alguien que realmente me amó.

Su respuesta me desconcierta: Ada es un territorio imposible de adivinar.

En la intersección nos recibe el buzón verde negruzco, con sus cuatro aperturas rectangulares a la altura de su rostro. Ada aligera el paso hacia él.

- ¡Ten cuidado, el suelo está húmedo! —la sigo, pero ella ignora los charcos.

De su bolso de terciopelo negro extrae un sobre. Antes de entregarlo a la brecha oscura del buzón, cierra el puño y se recoge en una plegaria muda. Permanezco detrás, intentando descifrar el dibujo de su boca y el arco descendente de sus ojos herméticos.

Deja caer la carta en el vacío.



- Ojalá el mar responda a su manera —murmura—. Sé que mis palabras caerán en sus aguas. Tal vez la lluvia mueva a los cielos y determinen acercar hasta mí  a aquel que realmente pudo amarme, y no se quedó, dejando tan solo su paso  como casual aguacero

Sus palabras me calan hasta el fondo. ¿Podría ser yo la persona enviada por los cielos para amarla?

Regresamos despacio. Ya no hay gorriones en el aire, pero un arcoíris cruza la ciudad. El naranja violáceo del anochecer sella un día luminoso en mitad de un mes prometido a la tormenta.




/AnA GaLinDo/ 

Estancia: Instantes Contados



2 comentarios:

Anónimo dijo...

Querida Ana. Te dejo mi comentario, desde el respeto y el cariño que me merece tu escrito:

La metáfora sobre quienes aman la lluvia frente a quienes solo la usan como refugio pasajero es una revelación psicológica brillante sobre los vínculos humanos.

Y ese paso de Tomás, de acompañante reflexivo a sentirse vulnerado y preguntarse si él es la respuesta a la plegaria de Ada, le da un cierre emotivo de altísimo nivel.

Me encanta el giro que lleva este relato. No sé a donde nos llevarás, pero disfruto en este camino.
AAbrazos

Carlos

María dijo...

Tiene una finura psicológica impecable. Gracias por la historia